martes, 23 de abril de 2013

“Las bicicletas son para el verano”: La paradoja filosófica del ciclista urbano


La película española “las bicicletas son para el verano” nos traslada a 1936. La guerra civil envuelve a la familia de don Luis y, uno de sus hijos - Luisito - ve pospuesta la compra de la bicicleta prometida por su padre. Así las cosas, la llegada de la futura bicicleta, para cuando concluya la guerra, vino a transformarse en el anhelo de tiempos mejores.

Así como para Luisito, el uso de la bicicleta se ha transformado para muchos apesadumbrados habitantes de la ciudad, en una suerte de promesa de tiempos mejores, aumentando exponencialmente los usurarios de este medio de transporte que, con mayor o menor sofisticación, circulan raudos a sus casas, trabajos, colegios y a cuanto lugar permita el paso de esta nueva estrella de la ciudad.

El uso de la bicicleta también está rodeado de una especie de aura de modernismo y santidad: andar en ella es cool, barato, amigable con el medio ambiente, saludable y, sin duda alguna, puede llegar a transformarse en una medio de transporte rapidísimo si lo comparamos con calles y avenidas cada vez más atestadas de vehículos motorizados que circulan a paso de hormiga. Cuando logran circular.

No voy a discutir las innegables ventajas del uso de la bicicleta. Tampoco pondré en duda que este cambio cultural es probable que se deba al mal uso que, durante tanto tiempo, hemos hecho de los vehículos particulares y de las pésimas políticas implementadas en materia de locomoción colectiva. Un par de ejemplos para ilustrar lo anterior: si usted se detiene a una hora punta en una esquina del centro de la ciudad a contemplar por unos minutos el tráfico, podrá apreciar dos cosas: a) más del 80% de los vehículos particulares que congestionan por doquier circulan sólo con su chofer a bordo; y b) los tacos se ven catastróficamente coronados por la presencia de buses orugas, originalmente diseñados para desplazarse por trazados rectos, pero que, sin embargo, intentan zigzaguear por entre angostas calles e, incluso, por autopistas de alta velocidad.

En este contexto urbano abrumador, la bicicleta se yergue como la esperanza de un mundo mejor, como la bicicleta de Luisito. Eso justifica que las protestas o marchas ciudadanas, cada vez más frecuentes en un país sujeto a profundas mutaciones como el nuestro, suelan tener por protagonista a estos pedaleros del cambio: “la bicicleta nos hará libres”. Quién sabe si, quizás, el aumento de los runners obedezca un poco, en parte, a esto mismo.

Como sea, una puesta en escena tan popular como la de los pedaleros del cambio, difícilmente, podría dejar de ser pesquisada por los operadores políticos y comunales, muchas veces, más preocupados por subir en las encuestas que en proponer buenas ideas que miren al bien común. De este modo, han ido naciendo como por generación espontánea una serie de iniciativas tendientes a crear circuitos establecidos para el tránsito de bicicletas, cuestión respecto de la cual no tengo reparo alguno.

Mi problema es otro y tiene que ver más con el deficiente marco regulatorio del ciclista urbano. En efecto, esta carencia de regulación jurídica ha posibilitado que muchos ciclistas – no todos, desde luego – hayan logrado extrapolar el clásico perfil de conductor de vehículo motorizado desequilibrado a las dos ruedas. Un grupo significativo de los pedaleros del cambio se han transformado en verdaderos peligros para transeúntes y automovilistas. Circulan a alta velocidad por todos los lugares que usted pueda imaginar, desde luego, por las veredas, poniendo en riesgo grave la seguridad de niños, ancianos, mujeres embarazadas y de todos los que no tengan la rapidez suficiente para evitarlos cuando se aproximan desde atrás, desde adelante, por un costado o por el otro. A muchos de estos ciclistas furiosos la toxicidad urbana de las calles los ha transformado en hombres y mujeres agresivos que suelen no respetar las señales del tránsito ni los criterios de la más mínima prudencia. Y esto ya no es para nada amigable con el medio ambiente.

Por el futuro de mi descendencia y el mío propio no quisiera imaginar una ciudad dominada por las bicicletas. Ya conocen de esta plaga urbana países como Holanda. Pero, por favor, no se mal entienda. Ni estoy en contra de la regulación de un trazado urbano ordenado para el uso de bicicletas ni busco reivindicar el empleo del automóvil particular como forma preferente de transporte en la megaciudad. Lo que quiero decir es, simplemente, que la regulación normativa que se hecha de menos tiene que ver más con asuntos técnicos que con propaganda ambientalista.

Y acá entro en lo que me parece el fondo del problema: por raro que parezca, creo que existe aquí un asunto de orden puramente filosófico.

El diccionario de la Real Academia de la Lengua Española define al individualismo como la “tendencia a pensar y obrar con independencia de los demás, o sin sujetarse a normas generales". Se trata, entonces, de una disposición filosófica que defiende la autonomía y supremacía de los derechos del individuo frente a los de la sociedad y el Estado.

Tengo la intuición, pues, que detrás de los conductores de vehículos motorizados que colapsan la cuidad, intentando trasladarse sin más pasajeros a bordo, existe el mismo principio subyacente que en el de los ciclistas furiosos que se movilizan sin respetar nada ni a nadie; con una salvedad: que los pedaleros del cambio viajan raudos, esquivando autos y transeúntes, felices de creer que le ganaron la partida a los vehículos motorizados, al tiempo y a la ciudad.

Pues bien, el mínimo común denominador que existe entre buena parte de los ciclistas furiosos y los conductores furiosos de vehículos motorizados se llama individualismo. Conceptualmente, no existe diferencia alguna entre un chofer de auto que echa encima su coche y un ciclista que piensa que por conducir un vehículo ecológico tiene asegurada la impunidad para “mandar al carajo” a quien se cruce por su camino.

Así como la solución para aliviar el tráfico no es ampliar infinitamente las avenidas destinadas a los vehículos motorizados, tampoco lo es, favorecer sin restricción alguna la creación de ciclovías. Si usted aumenta la presión del agua al interior de una manguera, tarde o temprano, el plástico terminará por explotar.

En otras palabras, es evidente que la ley y la autoridad no deben propender al individualismo sino, por el contrario, al bien común. En este sentido, el círculo vicioso se rompe si aceptamos como sociedad que el vivir en una megaciudad siempre implicará restricciones personales establecidas en pos del bienestar común. ¿Quién dice que si los siete millones de habitantes de Santiago compraran un coche tienen el derecho constitucional asegurado para circular por doquier? ¿Quién dice que si dos millones de habitantes deciden movilizarse en bicicleta están legitimados, jurídicamente, para “tomarse” la ciudad cuándo y dónde quieran?

Las restricciones a las que me refiero están asociadas al imperativo de profundizar las políticas públicas tendientes a establecer como eje central de la movilización urbana la locomoción colectiva. Así, no debiera interesarnos que los automóviles tengan prohibición total o parcial para transitar por ciertos lugares; tampoco que los pedaleros del cambio tengan restricciones legales en el mismo sentido.

Lo verdaderamente relevante es que el Estado diseñe y ejecute proyectos de favorezcan la locomoción pública para que, de una vez por todas, la gente entienda que, por más cómodo que sea el “individualismo circulante”, a la larga, éste siempre lleva implícito el germen de la autodestrucción en las grandes concentraciones humanas.

Un buen ejemplo de lo que hay que hacer en ciudades congestionadas es lo que está haciendo el metro de Santiago. Se trata de un servicio de lujo. Por más apiñado que se pueda viajar en un carro en una hora punta se llega rápido a destino. El aumento de los trenes, de sus frecuencias y del trazado le está cambiando la cara a la ciudad. Si logramos, ahora, desincentivar y, derechamente, restringir el uso del automóvil y de su clon filosófico – la bicicleta – podremos tener vías expeditas por las que circule locomoción colectiva de superficie, de calidad y rápida.

Al igual que sucedió con Luisito, la anhelada bicicleta no resuelve el problema de fondo: convivir con tolerancia, privilegiando la colectividad por sobre el individuo.



Lanzamiento del libro "Abono de la prisión preventiva en causa diversa. Deconstrucción de una teoría dominante". Red UC 04/Octubre/2017

El texto analiza la procedencia del así llamado “abono de la prisión preventiva en causa diversa” en el derecho vigente. Frente al ...