viernes, 11 de enero de 2013

De la Historia, del por qué fui abogado y de la paradoja del tiempo

                    
“El que fue, ya no puede no haber sido: en adelante, este hecho misterioso y profundamente oscuro de haber sido es su viático para siempre”
Vladimir Jankélévitch

Varias veces me han preguntado por qué estudié Derecho. Razones hay unas cuantas pero, en definitiva, fue una sola de ellas la que inició el “efecto dominó” que me hizo cambiar el trazado de ruta diseñado hasta ese entonces. Y de esto nunca hablé con nadie, hasta ahora.

Esta historia comienza una soleada, pero fría mañana de invierno de 1987. Biblioteca Nacional de Chile, Santiago. Era una jornada más de aquéllas que me habían mantenido ocupado revisando la prensa del año 1907. Terminaba un seminario de investigación acerca de la denominada matanza obrera de la Escuela Santa María de Iquique. Era mi segundo año de licenciatura en Historia en la Universidad de Chile y no había sentido hasta ese momento un interés serio por dejar la carrera.

Sin embargo, esa mañana topé fondo con un asunto que me venía rondando desde hacía cierto tiempo y que terminó por resultarme, francamente, insoportable. En un segundo se agolparon en mi cabeza las referencias periodísticas a los hombres, mujeres y niños que armaron la historia de entonces. Ropas; accidentes de tránsito; el clima; críticas literarias y de teatro; crónicas policiales; reuniones familiares; bautizos; matrimonios; fiestas de fin de año, tiendas ofreciendo sus productos; personas felices; caricaturas de humor contingente; personas tristes; fotografías de padres orgullosos con sus hijos pequeños; modas; mujeres luciendo su belleza, etc… Todos habían ya muerto en 1987.

La asociación fue evidente: “yo mismo ocupo un minúsculo lugar en el espacio y en el tiempo y nada, nada impediría que en algún futuro incierto también formare parte del pasado y del olvido. Mientras pierdo el tiempo leyendo libros de muertos el sol ingresa por la ventana, advirtiéndome que, en alguna dimensión tenebrosa y lejana, alguien ya ha tenido la precaución de extender mi certificado de defunción y los de todo el mundo que me rodea.”

Como buen estudiante de humanidades, en esos días también hacía intentos por garabatear alguna lírica. De esta fecha es la siguiente estrofa que escribí. El “poema” se llamó “eternidad”…

“Mi voz es eterna.

Miles de madres me cobijaron en sus vientres.

Miles de ancianos fueron mis maestros.

En cada página en que encerré conocimientos

descubrí el peso de los siglos.

Los libros esconden en sus tomos siniestros

los recodos de la muerte,

la metamorfosis del tiempo”

Cuando a fines del mes de agosto de 1987 la Universidad de Chile se vio envuelta en un largo paro de actividades académicas a causa de la designación del rector-delegado José Luis Federici, los dados ya estaban lanzados para mí. Esa fue la excusa que necesité para decidir dar nuevamente la prueba de selección universitaria y abandonar los estudios de Historia. Esta vez, estudiaría una carrera que me obligara a vivir desde el presente. Aunque el destino fuera el mismo para todos - me dije - no volvería más a hurgar en el pasado. Si todos debemos de morir algún día, me pareció más sensato construir sueños nuevos, tener mujer, hijos, ocuparse de las complicaciones actuales del mundo y dejar de una buena vez en paz a los muertos y a su mundo pasado. Las disquisiciones acerca de que el mundo presente es el fraguado a partir del pasado no fueron capaces de hacerme cambiar de opinión. Fue así como remplacé al “hecho histórico” y su análisis por la norma jurídica y su subsunción en los conflictos jurídicamente relevantes. Y para que el cambio fuera radical ingresé a una nueva universidad; con otra “línea editorial”. Remplacé el laicismo y la política militante de una universidad secular por una universidad católica pontificia.

Con todo, de lo que me he ido convenciendo en estos años es que da lo mismo la actividad profesional que realice. Todos estamos inmersos en el avance inexorable del espacio y del tiempo. Nacimos a partir de la confabulación física de partículas subatómicas y hacia ese mismo destino inicial viajamos: “polvo eres y en polvo te convertirás” - polvo de estrellas, precisaría yo-

En otras palabras, intuyo que el espacio-tiempo es la amalgama que nos une al pasado y al futuro; a la vida y a la muerte que son, en buenas cuentas, una misma cosa o, si se quiere, las caras de una misma moneda.

Como diría Stephen Hawking, el espacio-tiempo que se viene expandiendo “hacia afuera” del universo desde el mismo momento en que ocurrió el big-bang y en el que ocupamos un lugar insignificante, se asemeja a lanzar un fluido cualquiera sobre una mesa. Nosotros somos parte de ese fluido – la materia - y en la medida que éste avanza sobre la mesa el tiempo avanza. Sin materia en movimiento, el tiempo sencillamente no existe. Por eso que el tiempo es, en verdad, una simple convención humana necesaria para entender el fenómeno descrito. Sin embargo, en teoría, resultaría perfectamente posible zafarnos de él para alcanzar un lugar en el que el tiempo no existe. Ese lugar se llama “infinito”. También, en física teórica, sería posible trasladarnos desde el presente a un punto de mayor o menor avance del “fluido sobre la mesa”. Así lograríamos viajar hacia el futuro o al pasado, es decir, hacia lo que aún no es o lo que ya fue, igual que “los muertos” que emergían de los diarios viejos guardados en la Biblioteca Nacional que leí en 1987.

No se equivoquen. Lo que hoy puede parecernos desquiciado, podría haberles parecido igual a los primeros humanos pensantes, si alguien del presente viajare al pasado unos 150.000 mil años atrás para explicarles a esos hombres y mujeres el funcionamiento del Rover Curiosity que hoy surca la superficie del planeta Marte.

El transcurso del tiempo, lejos de apesadumbrarme como antes, hoy me maravilla, porque he logrado convencerme de que los vivos y los muertos somos estados diferentes de la misma materia. Asimismo, el hecho de que el tiempo tenga una explicación desde la ciencia física no implica en modo alguno que existan barreras insalvables para no pensar que el pasado y el futuro puedan coexistir, ahora mismo, en dimensiones espacio-temporales paralelas.

El año 2002 la Corte de Apelaciones en la que me desempeñé, quiso designarme juez del crimen especial para conocer de una serie de causas sobre violaciones a los derechos humanos, ocurridas muchos años antes, – en 1973 – y que no habían sido investigadas durante el gobierno militar del General Augusto Pinochet. La paradoja del tiempo de nuevo se cernía sobre mí pero, en esta oportunidad, regresar al pasado no me resultó insoportable como esa mañana de 1987. Los muertos hablaron a través de sus huellas y los sobrevivientes que prestaron declaración en los diferentes procesos me enseñaron que, a pesar del exiguo avance tecnológico que todavía existe para “viajar” a otras dimensiones del espacio/tiempo, aún hoy, es posible regresar al pasado de alguna manera, incluso, para hacer lo que no hicieron otros.

Como estudiante de Historia nada palpable pude realizar por los “muertos” de la Escuela Santa María de Iquique. Como abogado tuve una segunda oportunidad y, esta vez, las cosas fueron diferentes.

Por todo esto, creo haberme reconciliado con la muerte.