lunes, 24 de septiembre de 2012

Dios y el derecho. Los aportes de la teoría de la relatividad general y de la física cuántica


Este artículo es, probablemente, el más escurridizo que he escrito en este blog desde que tomé la decisión de ponerlo en marcha hace un tiempo atrás. Escurridizo, difícil de atrapar o, como quiera que pueda llamarse, al intento de escribir sobre un asunto fuertemente legitimado en todas las sociedades pero, sin embargo, nebuloso desde una perspectiva científico-racional.

Si alguien me preguntare hoy si acaso creo en Dios, mi respuesta sería la siguiente: “depende de lo que entiendas por Dios”. Si por Dios debemos entender a un señor de la tercera edad de barbas blancas que conduce los hilos de la humanidad desde su sitial, ubicado en un verde prado y rodeado de tiernos animalillos, claramente, no creo en eso; y es probable que nadie sensato tampoco lo crea.

Sin embargo, lo relevante para los efectos de esta nota es que es un hecho antropológicamente establecido que todas las sociedades han identificado en el pasado la existencia de un Dios o, de muchos Dioses, con aquellos fenómenos de la naturaleza que no pudieron ser explicados de modo racional en base al conocimiento científico que tuvieron en ese momento. Por lo mismo, en la medida que nuestra raza comenzó a progresar en el conocimiento científico, el concepto de “Dios” se fue replegando hasta llegar a la idea actual que, en general, prevalece entre las diferentes religiones del planeta: la existencia de un ser misterioso, superior e infinito – no humano – cuyas características esenciales son dos: a) que ha sido el creador del universo; y b) que es el depositario de la más absoluta bondad que aprovecha de diseminar sobre toda su creación.

Estas características tienen la ventaja de ofrecer una cierta serenidad personal para plantarse frente a los dilemas más fundamentales que nos inquietan como seres humanos y que aún no podemos  explicar de otro modo, esto es: llenar nuestras vidas con la espiritualidad necesaria para ser felices y transformarnos en seres socialmente plenos; responder las interrogantes asociadas al por qué existimos y desde dónde provenimos; por último, aspirar a alguna respuesta esperanzadora relativa al destino que nos espera una vez que hayamos muerto.

Pues bien, cualesquiera que sean los significados que le asignemos a la palabra “Dios” es un hecho también indiscutible que el derecho, en cuanto disciplina destinada a resolver los conflictos intersubjetivos producidos a partir de una norma jurídica, no ha podido permanecer impávido frente a este tema. Es así como, por ejemplo, parte de una importante corriente filosófica del derecho, la del derecho natural, ha buscado, precisamente, en la divinidad los postulados necesarios para tejer su doctrina. Asimismo, estamos acostumbrados a enterarnos de hechos gravísimos que involucran a pueblos enteros que profesan credos más fundamentalistas. El derecho penal y el derecho internacional habitualmente resultan impactados por guerras civiles, atentados de diversa naturaleza, persecuciones, homicidios u otras situaciones parecidas, a causa de desavenencias puramente religiosas. Quienes han objetado algún punto medular de los dogmas de fe de algunas corrientes musulmanas saben muy bien de lo que hablo.

Recientemente, en nuestro país se promulgó una ley que busca combatir conductas discriminatorias y, entre otras cosas, incluso creó una agravante de responsabilidad penal para el caso de los delitos cometidos en este contexto. Acá la discriminación religiosa también ha debido ser objeto de regulación jurídica.

En fin, para muchos pueblos de nuestro planeta la resolución de los conflictos jurídicamente relevantes no está sino que en tradiciones o escrituras supuestamente inspiradas en la palabra de “Dios”.

Como puede observarse, entonces, el derecho no ha podido marginarse de los conflictos jurídicos vinculados a “Dios”, sencillamente, porque la inmensa mayoría de los habitantes de la tierra, de una u otra manera, tienen fe en la existencia de un ser superior que creó el universo y ha redactado las “leyes del recto proceder”, en algunos casos, incluso, usando como intermediarios a individuos históricos: Joseph Smith, Mahoma, Jesucristo, Buda Gautama, entre otros, obedecen a este “perfil”.

En lo personal, me parece que desde un punto de vista técnico el derecho hace muy bien cuando, directa o indirectamente, se hace cargo del fenómeno religioso y de Dios, en particular, en el entendido que, de esta manera, cumple con su obligación de no obviar una causa de posibles conflictos jurídicamente relevantes y de concretar la vigencia del principio de la libertad de pensamiento. Con todo, sólo para estos efectos, mi mirada es acá tenazmente laica. Consecuentemente, el lector podrá ya advertir que me parecen improcedentes los modelos jurídicos teocráticos y todos aquellos que – de modo total o parcial – le asignen legitimidad a una norma jurídica a partir de una cierta verdad divina incuestionable. En otras palabras, el que yo mismo, por ejemplo, ponga en práctica a diario los principios éticos que heredé de la fe religiosa inculcada por mis padres y que reconozca el valor de la libertad de credo, no significa que me obligue a aceptar sin filtro alguno lo que, corrientemente, se cree atribuible a la noción de "Dios", entendida ésta ecuménicamente. Una cosa es respetar la libertad de opinión y otra es que el derecho deba, por esa simple razón, amparar planteamientos que puedan ser objetivamente falsos. Un viejo principio del derecho procesal reconoce de algún modo esta idea cuando enseña que en un juicio los hechos que se prueban son los sustanciales, pertinentes y controvertidos, pero no lo públicos ni los notorios. Con todo, el problema radica, precisamente, en que muchos aspectos vinculados a los atributos tradicionales de "Dios" hasta ahora no habían podido ser desmentidos. Pero esto parece que ha comenzado a cambiar.

El inglés Stephen Hawking, uno de los físicos teóricos más prestigiosos de la actualidad, publicó en 1988 - con el prólogo del ya mítico Carl Sagan - el libro “historia del tiempo: del big bang a los agujeros negros”. A pesar de la grave esclerosis que le afecta desde hace años y que lo mantiene casi totalmente paralizado, ha podido seguir desarrollando y divulgando los aspectos centrales de la física y la cosmología moderna. Como escribió el propio Carl Sagan en el prólogo del libro que cité, hay en él explicaciones lúcidas sobre las fronteras de la física, la astronomía y la cosmología. Sin embargo, también se trata de un libro acerca de Dios…o quizás acerca de la ausencia de Dios, entendido éste, como el creador del universo.

Hawking se embarcó en la búsqueda de la respuesta a la famosa pregunta de Einstein sobre si Dios tuvo alguna posibilidad de elegir al crear el universo y llegó, por lo menos por ahora, a una conclusión inesperada. Que el universo o los varios universos que puedan existir allá afuera no tiene(n) un borde espacial y, por tanto, no existe un principio ni un final en el tiempo, ya que el tiempo tiene sentido sólo en relación a la expansión del espacio. Sin espacio no existe el tiempo y si no existe un borde espacial, entonces, no es necesaria la existencia de un Dios que hubiere “encendido la mecha” que activó la gran explosión: el universo “se habría creado solo”, una vez que la materia que lo componía se colapsó. Y si el modelo que describe Hawking es correcto, las consecuencias de lo señalado siguen precipitándose: a) el que hubiere surgido vida en el planeta tierra fue puro azar, consecuencia de una serie de fenómenos físicos que confluyeron en esta parte del cosmos para que así ocurriera; b) que si aplicamos el principio filosófico conocido como “la navaja de Ockham”, según el cual, cuando dos teorías en igualdad de condiciones tienen las mismas consecuencias, la teoría más simple tiene más probabilidades de ser correcta que la compleja, lo más razonable sea pensar que existen muchos otros lugares en el universo en los que ha florecido la vida. ¡Sólo en la vía láctea existen millones de planetas en la zona habitable!; c) que después de la muerte nuestra energía será devuelta al universo, pero es bien probable que no seamos consientes de ello.

Después de la “historia del tiempo”, libro que confieso haberme devorado, Hawking ha escrito varios otros en los que, básicamente, ha profundizado sus postulados. El último de ellos que también me devoré – “el gran diseño”, 2010 – lo escribió en coautoría con el físico Leonard Mlodinow. Este libro vino acompañado de una increíble polémica en todo el mundo a causa de sus conclusiones, ahora, explicitadas: que tanto nuestro universo como los otros muchos universos posibles surgieron de la nada, porque su creación no requieren de la intervención de ningún “ser sobrenatural”, sino que todos los universos provienen naturalmente de las leyes de la física. Lo interesante de todo esto es que los asombrosos avances científicos que han experimentado la física y la astronomía después de la publicación de “la historia del tiempo” han ido, lentamente, corroborando el modelo propuesto por Hawking en 1988.

El lector interesado deberá, obligadamente, leer el trabajo de Hawking. Advierto que algunos pasajes no resultan fáciles de ser digeridos para los legos en la materia, como yo. Sin embargo, con tiempo y tranquilidad, la empresa será coronada con el éxito.

Con el único propósito de concluir convenientemente este ensayo me permitiré ahora, en un puñado de líneas, resumir lo atingente del modelo de Hawking, prescindiendo, desde luego, de los cientos de detalles técnicos que lo respaldan, pero que aparecen desarrollados por él en sus libros.

El universo que podemos observar se creó a partir de una gigantesca explosión ocurrida hace alrededor de 13.700 millones de años atrás, conocida como el big-bang. Esto ocurre cuando llega un momento en el que toda la materia del universo estuvo infinitamente concentrada en apenas unos pocos milímetros, lo que hizo insostenible este estado, produciéndose un explosión nuclear que liberó una cantidad de energía impresionantemente gigantesca. Las partículas elementales salieron expedidas en todas direcciones, pero a medida que viajaban en el espacio comenzaron a “amontonarse” conforme a una ley de la gravitación universal, según la cual, la composición eléctrica de las unidades que forman la materia hace que las que tienen cargas opuestas se atraigan entre sí. Este mecanismo fue el que posibilitó que se formaran, en el transcurso de millones de años, las galaxias, las estrellas, los planetas y, finalmente, nosotros mismos. Se trata, sin embargo, de un proceso que aún no se detiene, ya que el universo sigue expandiéndose “hacia afuera”. Esta idea de un universo en movimiento compuesto por millones de objetos celestes ya formados – estrellas, planetas, etc. - , es desarrollada y explicada a partir de la teoría de la relatividad general de Albert Einstein.

Sin ir muy lejos, hace unos pocos meses atrás, se realizó bajo las fronteras de Francia y Suiza el mayor experimento físico jamás ejecutado en nuestro planeta (por lo menos, que se tenga conocimiento). La máquina denominada “el gran colisionador de hadrones”, permitió reproducir a pequeña escala las condiciones posteriores al big bang y demostró la existencia de la mal llamada “partícula de Dios” o “boson de Higgs”, mecanismo que explica el origen de la masa de las partículas elementales luego de la gran explosión. Como decía, este mecanismo revela cómo las partículas elementales fueron uniéndose entre sí para, finalmente, formar la materia en torno a esta partícula hasta entonces desconocida, el boson, que actúa como agente aglutinador. Si este fenómeno no existiere, la materia nunca se habría formado del modo en la que ahora la conocemos y “la realidad” del universo no sería más que en una “sopa elemental” inorgánica. La explicación de estos fenómenos a nivel subatómico, incluido el hecho del big bang mismo, se obtiene a partir de la denominada física cuántica.

De esta manera, el universo que podemos observar por las noches no está estático en un mismo lugar, ya que, como subrayé, todos los cuerpos celestes que lo conforman se están expandiendo, apresuradamente, a partir del gran estallido inicial. Así lo han demostrado las últimas observaciones de los más poderosos telescopios instalados en todo el planeta, varios de los cuales, por lo demás, se ubican en el desierto de Atacama, Chile. Aún más, el último premio nobel de física del año 2011 fue otorgado a los científicos norteamericanos Brian Schmidt y Adam Riess, quienes, lograron comprobar la expansión acelerada del universo a partir de la observación de las supernovas más distantes. En otras palabras, las galaxias cada vez se alejan más rápido las unas de las otras hacia el exterior del espacio conocido. Este fenómeno de aceleración se explica porque, a mayor distanciamiento entre las galaxias, la fuerza gravitatoria es menor, con lo que, pueden adquirir más velocidad al no verse “frenadas” por la gravedad de las galaxias vecinas.

Pero… ¿hacia dónde viajamos a la increíble velocidad aproximada de unos 400.000 kilómetros por hora? Las respuestas a esta pregunta pueden ser aún más desconcertantes que las que hemos visto más arriba.

Algunos físicos postulan que el universo se expandiría eternamente hacia afuera hasta terminar por enfriarse y desaparecer. Hawking, sin embargo, explica que a medida de que la materia se expande en el cosmos va generando una curvatura en el espacio-tiempo, a causa de la masa inherente a aquélla. Lo anterior provocaría como consecuencia que, en miles de millones de años más en el futuro, el universo volvería a colapsarse (big crunch), porque toda la materia que hoy se expande en él volvería a un punto cero, para producir, posiblemente, un nuevo big bang. Así las cosas, el universo se nos presenta como un escenario auto contenido, circular, cerrado, sin límites e infinito. Sería como tomar la mochila y comenzar un viaje, pensando que algún día llegaremos al límite de la tierra. Sin embargo, sabemos que ese límite no existe, porque la tierra es circular y al llegar al punto de partida siempre reiniciaríamos el viaje. De este modo, si todo lo que supone Hawking en su modelo matemático es cierto, resulta indudable, entonces, que no hay lugar para un Dios creador del universo. Conforme a este modelo teórico el universo se “creó solo” de acuerdo a las leyes de la física. El mismo camino siguieron las galaxias, las estrellas, los planetas, el planeta tierra con todo lo que hay en él y, con certeza, los millones de otros lugares en los que hoy existe vida inteligente.

Preguntas simples. Respuestas difíciles. Hace un tiempo atrás, mi hijo de seis años me preguntó lo siguiente una noche que mirábamos el cielo: “papá, ¿Por qué detrás de las estrellas está oscuro y sin luces?” Mi respuesta fue casi mecánica: “porque detrás de las estrellas no hay nada”. Luego insistió: “¿Y en qué parte allá arriba está Dios?” Respondí: “Allá, bien lejos, junto a tu abuelito que una vez decidió regresar al lugar del que todos venimos”.

¿De qué hablamos, entonces, cuando decimos que la ley ampara el derecho a creer en Dios? La respuesta es personal. La mía, aún no la tengo demasiado clara, pero no me cabe duda que sí creo en Dios.




Lanzamiento del libro "Abono de la prisión preventiva en causa diversa. Deconstrucción de una teoría dominante". Red UC 04/Octubre/2017

El texto analiza la procedencia del así llamado “abono de la prisión preventiva en causa diversa” en el derecho vigente. Frente al ...