viernes, 27 de abril de 2012

La libertad de prensa ante los avances populistas en Latinoamérica


El mexicano Enrique Krauze Kleinbort es ingeniero industrial y doctor en historia; ensayista, editor y director de la Editorial Clío y de la revista cultural Letras Libres. Además de haber desarrollado una dilatada carrera docente en diversas universidades del mundo por más de veinte años, colaboró con Octavio Paz en la revista Vuelta, de la que fue secretario de redacción y subdirector. Recientemente, fue galardonado con el Premio Chapultepec 2012 que otorga la Sociedad Interamericana de Prensa. Con ocasión de la reunión celebrada por dicha Sociedad en Cádiz, del 20 al 23 de abril de 2012, pronunció las siguientes palabras reproducidas, luego, por el diario La Nación de Buenos Aires. En ellas, relata con perspicaz visión el estado actual de la libertad de prensa en América Latina y nos ilustra cómo aquélla se encuentra amenazada, a causa de las estrategias jurídicas y políticas desplegadas por el populismo creciente.

Los invito, entonces, a leer estas breves palabras que iluminan las sombras que hoy se extienden en algunos de los países que pueblan las Américas. Los invito, asimismo, a multiplicar los canales independientes de difusión de las ideas y a mantener una indestructible mirada crítica frente a los denominados “medios de comunicación oficiales”. Veamos.

“La libertad de expresión arraigó tardíamente en el orbe hispano. Nuestra tradición era otra, no una plaza pública, sino una fortaleza cerrada a la disidencia y a la crítica. A fines del siglo XVIII, la libertad de expresión comenzó a tocar las puertas de esa fortaleza. Y las tocó hasta derribarlas, hace doscientos años, cuando el ansia histórica de libertad acuñó en España el sustantivo "liberal" y fraguó, justo aquí, en Cádiz, la Constitución que llevó ese nombre y ese espíritu. Espíritu y nombre que pasaron a la América hispana para animar el nacimiento de los primeros diarios independientes, para constituir las primeras repúblicas y fincar una nueva tradición política que ha atravesado dos siglos y que sigue siendo el fundamento mejor de nuestra amenazada civilización.

Las dictaduras militares del siglo XIX en Hispanoamérica abominaron de la libertad de expresión, y no les faltaban razones. Ante ellas se alzó siempre la prensa liberal, con sus feroces caricaturas, sus sonetos satíricos, sus incendiarios artículos y sus grandes prosistas. Periodistas y escritores públicos fueron todos: Alberdi, Montalvo, Sarmiento, Mora, González Prada, Martí. Muchos sufrieron cárcel y ostracismo, otros la muerte misma. Pero persistieron en su vocación de libertad.

Con el arribo del siglo XX, la libertad de expresión se consolidó en los países de más honda vocación democrática, como Chile, Costa Rica, Uruguay la propia Colombia, entre otros. Ahora mismo, en varios países nuestros circulan periódicos que han cumplido hasta un siglo y medio de existencia ininterrumpida. Esos diarios históricos son monumentos vivos a la libertad en tiempos de confusión, manipulación y mentira.

Y es que el siglo XX trajo también la novedad de la radio y la rebelión de las masas, y del contacto entre ambas surgió un nuevo género de dominación que no partía sólo de la fuerza de las armas sino del carisma trasmitido masivamente mediante un micrófono, para propagar la verdad oficial, la verdad que cancelaba todas las otras verdades. Quizás el primer trasplante latinoamericano de ese nuevo género de dominación fue el de Juan y Eva Perón, líderes populistas que se sentían llamados por la Providencia para redimir al pueblo. Una sola fuerza se les oponía, la que representaba no la verdad única, sino la verdad objetiva. Y esa fuerza era la libertad de prensa. Por eso la combatieron.

Aquel experimento argentino fue un juego de niños comparado con el inverosímil Fidel Castro. Antes del triunfo de la revolución, los grandes periódicos de Cuba cubrían un espectro amplio, desde la visión católica hasta la liberal y socialista. Más tarde, dejada al arbitrio del infalible comandante, la opinión pública en Cuba languideció hasta casi morir, porque al privar a los ciudadanos de la libertad de prensa se les privaba también de los medios elementales para comparar realidades y formar juicios propios. El líder se convertía él mismo en la agencia de noticias, la nota editorial, el intérprete del mundo, el periódico del día. El daño provocado a varias generaciones ha sido devastador y profundo, pero no irreversible. Repararlo será tarea urgente para nosotros, los escritores y periodistas libres de América latina.

Tampoco las dictaduras militares que han plagado al continente fueron, en absoluto, tolerantes con la prensa libre. Todo lo contrario. En Chile y la Argentina, los generales genocidas reprimieron ferozmente a los disidentes, cerraron diarios, torturaron y mataron periodistas. Ahora Chile goza de una libertad de expresión irrestricta y una prensa moderna, pero la Argentina parece haber vuelto a los tiempos en los que las opiniones distintas o adversas a la Casa Rosada debían acallarse o suprimirse. Se trata de una involución absurda -la censura en tiempos del Twitter-, pero también trágica, porque el populismo parece haber inoculado en muchos argentinos la servidumbre más triste, la servidumbre voluntaria.

La situación argentina lleva a un fenómeno más amplio, presente en Ecuador, Bolivia, Nicaragua y sobre todo en Venezuela. Estos regímenes no son dictaduras abiertas ni totalitarias. Son regímenes populistas. Pero no nos engañemos: el populismo es una antesala de la dictadura, una adulteración de la democracia cuyo designio final es ahogar por asfixia a la democracia. El populista busca establecer un vínculo directo con el pueblo, por encima, al margen o en contra de las instituciones, las libertades y las leyes, y su vehículo específico es el micrófono en la plaza pública, la radio y la televisión.

Todo el edificio del populista se caería si se cae su remedo de verdad, por eso su enemigo número uno es la prensa libre. El caso de Chávez es paradigmático. No cerró diarios históricos pero sí expropió a la empresa independiente RCTV, ha perseguido a Globovisión y ha gastado recursos inimaginables en la hipnótica promoción de su imagen bolivariana y mesiánica. Con todo, en ese ambiente de hostilidad, la libertad de expresión sobrevive en diarios como El Nacional, en revistas como Tal Cual . Pronto quizá, como en el caso de Cuba, los venezolanos despertarán a la realidad objetiva que no es la fantasiosa realidad que les ha trasmitido su taumaturgo. Ojalá la familia venezolana enfrente esa verdad con entereza y tolerancia. Y ojalá se reconcilie consigo misma.

En Ecuador, el presidente Correa ha demandado por difamación al periódico El Universo y ha aparecido en fotos destrozando un ejemplar con sus poderosas manos. Se trata de un desplante populista y un acto simbólico: en la dictadura que sueña, Correa destrozaría moral y aún físicamente a sus opositores. Frente al conflicto específico de un diario que critica con severidad y hasta con saña a un gobernante, la Suprema Corte de Justicia en México ha venido legislando de manera ejemplar. El argumento principal para sostener el derecho a la libertad de expresión es la relevancia pública del protagonista, en este caso del gobernante. A más relevancia, mayor la necesidad pública de conocimiento, información y crítica, así sea ésta severa o injusta. "Estas son -ha dicho la Corte- las demandas de una sociedad plural, tolerante y abierta, sin la cual no existe una verdadera democracia."

En México ha aparecido un poder que actúa en la impunidad y la sombra, que no tiene ideas ni ideales, sólo intereses e instintos criminales, y que por su naturaleza no tolera estar sujeto a ningún escrutinio. Es el poder del narcotráfico y el crimen organizado. El problema es de México, pero no sólo de México. Es de América latina, de Estados Unidos y del mundo. Nos enfrenta de nueva cuenta al Mal absoluto de que hablaba Hannah Arendt. En algunas regiones de mi país, el periodismo se ha vuelto una actividad no sólo riesgosa sino imposible. En los viejos tiempos del PRI, por conveniencia o miedo, un sector de la prensa se autocensuraba, pero ahora, en un México democrático, hay periodistas que deben optar por el silencio o la muerte. Y sin embargo, muchos de ellos siguen cubriendo la realidad, como reporteros enviados al infierno.

A doscientos años de la Constitución de Cádiz, nuestros diarios tienen, pues, varias tareas pendientes: restituir el ejercicio de la libertad ahí donde ha sido conculcado, defenderlo donde está amenazado, pero también enriquecerlo con un sentido ético, para que nunca supedite la honesta búsqueda de la verdad a los intereses materiales. El "Cuarto poder" también debe estar abierto al escrutinio público y a la crítica.

España y América han recorrido un largo camino en defensa de la libertad. Y la prensa -que nos convoca ahora- ha sido una protagonista central en esa hazaña. Por eso comprenderán ustedes la emoción que siento -como escritor liberal, como editor liberal- en estar aquí, en este marco histórico, en este aniversario. Creo que la buena prensa es una misión. Creo en el periódico nuestro de cada día, esa flor de tinta y papel que muere y renace la mañana siguiente, ese emblema de conocimiento y crítica. Creo también en la noble tradición de las revistas de ideas como la Revista de Occidente, que nos enseñó a pensar con vuelo y con rigor. Y por eso recibo con sincero agradecimiento este Premio Chapultepec 2012 que otorga la Sociedad Interamericana de Prensa. Me compromete a honrarlo, sirviendo al único dogma que admite la crítica de sí mismo: el dogma de la libertad”.



lunes, 9 de abril de 2012

"Corre, Forrest, corre"


Cuando mi padre estaba con vida, la única actividad física importante que realizó con alguna frecuencia fue subir a su bicicleta marca Phillips, color negro zafiro, y pedalear, a regañadientes, un par de kilómetros en búsqueda del pan para el almuerzo. Lo suyo fue siempre la motocicleta o el automóvil. Ahora que lo pienso con calma, la historia de desamor que tuvo mi padre con el ejercicio físico no fue un hecho aislado, ya que formó parte de una generación de hombres y mujeres que jamás pensó que esta actividad fuere algo relevante en la adultez; por el contrario, se la consideró una clara pérdida de tiempo.

Tengo la sensación de que, desde siempre, esta concepción permaneció elevada a los altares de nuestro país, a causa del discurso flemático del machismo sudamericano y de las sedentarias elites intelectuales, que se encargaron de tejer el mito de que los únicos que cultivan la actividad física son los niños en el colegio, los afeminados y los “cerebros de músculo”. La diabetes, la hipertensión arterial, el mal de Alzheimer, los infartos cerebrales y cardiacos de que han sido objeto esas mismas elites intelectuales, en la medida que han ido envejeciendo, han dado testimonio de su profundo error.

Hace unos días atrás, el propio Presidente de la Corte Suprema entregó en una ceremonia pública la camiseta oficial que varias decenas de funcionarios y jueces del Poder Judicial usaron en la nueva versión de la Maratón de Santiago. Miles de chilenos, familias completas, salieron a las calles de la ciudad para aclararle a los “cerebritos de berger”, que la actividad física es esencial en nuestras vidas y que, tal como se creía en la antigüedad clásica europea, la mente sana se construye en un cuerpo sano. Por desgracia, el Medioevo y el Renacimiento se encargaron de truncar esta filosofía de vida al difundir la idea de la superioridad del espíritu humano o divino por sobre la precariedad de la carne.

Una de las cosas que disfruto es caminar. Suelo hacerlo a diario. Incluso cuando voy a hacer mis clases en la universidad, ubicada a una distancia respetable de mi departamento. Es así como camino casi una hora entre varias decenas de jóvenes y, otros, ya no tanto. Hombres y mujeres que trotan, pedalean en sus bicicletas o caminan, como yo, en una acción concertada de desprecio hacia la locomoción pública y privada. Con todo, en Chile aún no se encuentra masificada e internalizada la cultura deportiva diaria del ciudadano común y corriente, tal como puede constatarse en otros países vecinos.

En noviembre pasado viajé a Montevideo, Uruguay, por unos días. Cada mañana subí al gimnasio ubicado en el último piso del hotel y, desde la trotadora, solía observar cuando, apenas se desvanecían las sombras nocturnas del Río de la Plata, cómo niños, mujeres y hombres de todas las edades trotaban a través de la Rambla, una fantástica vía peatonal y ciclo vía que bordea prácticamente toda la ciudad – unos 22 kilómetros –; sin embargo, lo anterior es apenas un amago de actividad física, si la comparamos con las multitudes que ejercitan a diario por el circuito Copacabana-Ipanema-Leblon en Río de Janeiro o en el inmenso Parque Ibirapuera en Sao Paulo, Brasil: niños, jóvenes, viejos o inválidos; running, ciclismo, skateboard, silla de ruedas. Da igual.

Estas reflexiones urbanas y la exitosa última versión de la Maratón de Santiago han llevado a preguntarme si, para recuperar el tiempo perdido y fortalecer la salud pública de nuestro país, basta con sólo una Maratón anual o con el esfuerzo entusiasta y aislado de quienes estamos comenzando a actuar de un modo distinto a como lo hicieron nuestros padres en el pasado.

¿No resulta patético que la normativa jurídica de atingencia “deportiva” que más polémica ha causado en la opinión pública sea la denominada “ley de violencia en los estadios” que, por lo demás, rara vez ha sido aplicada? ¿Y dónde están de los incentivos tributarios reales para las empresas que inviertan en el desarrollo al Deporte? ¿Y las políticas públicas sustentables y masivas? En fin, ¿Qué interés tienen en esto los padres del país con uno de los mayores índices de obesidad infantil en el mundo?

Es verdad. La ley no siempre es capaz de modificar las conductas ciudadanas por su sólo imperio. Sin embargo, en este caso la situación puede ser diferente, ya que las condiciones sociales están dadas, ahora, para dar un golpe de gracia al sedentarismo y, de paso, fortalecer el incentivo de una vida más sana en contacto y con respeto a la naturaleza. Ya no se trata de un cliché de Greenpeace; hablo de una necesidad social real de nuestros días. En efecto, cada vez somos más los que estamos hartos de gordinflones depredadores de comida y del único planeta que, por ahora, tenemos para vivir. Se trata, entonces, de un problema jurídicamente relevante de primera importancia y, como tal, los ciudadanos debiéramos exigirle medidas concretas a los candidatos que busquen nuestros votos.

En ese entendido, de lo que se trata es que sigamos instando a la actividad deportiva seria y constante y actuando como grupo de presión desde nuestras realidades individuales para que la ley, en el futuro, se haga cargo de reconocer y catapultar la actividad física como preocupación preferente del Estado. De lo contrario, puede ocurrir que eventos masivos pero, ocasionales, como la Maratón de Santiago, no nos permitan como país salir de la paradoja de Forrest Gump.

Forrest Gump es una película de 1994 basada en la novela del mismo nombre escrita por Winston Groom. Fue protagonizada por Tom Hanks y cuenta la vida de Forrest, un hombre con un leve retraso mental y motriz que viaja alrededor del mundo influyendo e interviniendo en algunos de los eventos más importantes de la historia reciente de los Estados Unidos de Américas. Una de sus características principales era su habilidad para correr en forma irracional, casi siempre, para huir de los peligros que lo asechaban o, simplemente, porque alguien le decía que corriera. Luego de experimentar una experiencia de vida que lo devastó emocionalmente, decidió correr solo por su país, de nuevo de modo irreflexivo, y sin bitácora de vuelo alguna. Lentamente, su cruzada personal fue trascendiendo a los medios de comunicación; adquirió fama y muchas personas comenzaron a corren junto a él, pues lo creyeron una suerte de mesías o líder espiritual. Un día Forrest ordenó su cabeza y en medio de la carretera se detuvo por primera vez. Acto seguido, se devolvió caminando e ignoró en forma absoluta a sus incondicionales y ahora atónitos seguidores runners. Estos, consternados ante la decisión de Forrest de terminar violentamente su cruzada, le gritaron: "¿Y ahora que hacemos nosotros?"

Forrest, imperturbable, les respondió: No sé; lo que es yo, me voy a casa”.

Como ven, la actividad deportiva seria ha de ser constante y debe, además, ser realizada hasta que nuestro organismo lo tolere; no importa la edad. Alternativas hay muchas. El deporte debemos entenderlo funcional a nuestras vidas y no, únicamente, como terapia psicológica ante algún evento puntual. Qué decir de los que se visten de deportista por esnobismo, para posar ante la prensa o para que les quepa el traje de baños en sus próximas vacaciones.