miércoles, 4 de enero de 2012

Crónicas del fin del mundo: 21 de diciembre de 2012


Corría el otoño boreal del año de 1530 d.c. Un puñado de sucios y barbudos soldados españoles que seguían órdenes del Capitán Francisco de Montejo no podían dar crédito a sus ojos cuando, en medio de la verde y húmeda selva centroamericana, los gritos de guacamayas y monos aulladores, servían de cortina musical al monumental hallazgo que habían realizado. Por primera vez los ojos europeos observaban Chichén Itzá, uno de los principales sitios arqueológicos de la renombrada civilización maya.

482 años después, el 2012, se iniciaría precedido de toneladas de información concerniente a las supuestas profecías legadas por aquella civilización, una de las cuales, anunciaría el colapso de nuestro planeta en la víspera de la próxima navidad, el 21 de diciembre de 2012.

A modo de anécdota, puedo confesarles que en el año 1987,  cuando cursaba el ramo de Prehistoria de América en la Universidad de Chile con el conocido pre-hispanista Osvaldo Silva Galdames, ya discutíamos animadamente sobre el tema. Más aún, en una copia de uno de sus libros que hasta el día de hoy conservo, tengo escrito con grandes letras varias alusiones a este mismo asunto.

Tiempo después, abandoné la carrera de historia e ingresé a estudiar derecho, pero nunca renuncié a mi afición por la pre-historia americana. De hecho, una de las experiencias más alucinantes para mí ha sido haber escudriñado libro en mano, hace unos años atrás, las calles de la enorme Teotihuacán, ubicada en las cercanías del DF en México, que aunque, técnicamente, floreció como cultura autónoma fue, sin embargo, tributaria de las culturas mesoamericanas y de la influencia maya, en específico.

Pero regresando al tema que nos ocupa, acabo de leer la última edición del libro “observadores del cielo en el México antiguo, del antropólogo y astrónomo, profesor de la Universidad de Colgate de Nueva York, Anthony E. Aveni, quien es, a su vez, uno de los mayistas vivos más afamados del mundo. Por de pronto, se trata de un científico y no de uno de esos miles de charlatanes que abundan en la prensa escrita e internet que se han encargado de sembrar el mito del Armagedón.

El libro que les comento es sorprendente, porque nos abre las puertas de par en par al enorme desarrollo alcanzado por los mayas en el ámbito de la matemática y de la astronomía y permite entender cómo, a partir de ambas, idearon los modelos arquitectónicos de sus ciudades-observatorios, planificaron la agricultura y crearon una religión inspirada en la naturaleza y en la astrología.

En consecuencia, el trabajo de Aveni clarifica mucho el tema que esbozaré en las próximas líneas. Así parece que él también lo ha entendido, porque acaba de publicar en Estados Unidos un libro aún no traducido al español en el que se hacer cargo del pretendido fin del mundo profetizado por los mayas.

Ahora bien, la verdad es que existe información documentada en varias etapas de la historia occidental de la humanidad en las que habrían surgido los agoreros del fin del mundo. Sin embargo, con los mayas la expectación es ahora mayor, pues, si de algo ellos no pecaron fue de ignorancia: de hecho, fueron miembros del selecto club de culturas antiguas superiores que florecieron en nuestro planeta junto a sus socios sumerios, egipcios, griegos y romanos.

Pero yendo derechamente al fondo del asunto que importa ¿A partir de qué hecho se viene sosteniendo que los mayas presagiaron el fin del mundo para el 21 de diciembre de 2012? Veamos.

Para los mayas el cómputo del tiempo era una obsesión. Dicho cómputo lo realizaron a partir de un sistema numérico avanzado y de la observación astronómica. En palabras simples, luego de una persistente observación de la bóveda celeste pudieron concluir que nuestro planeta se encuentra inserto en el cosmos junto a otros astros que despliegan movimientos cíclicos en el universo. De este modo, la duración de esos ciclos pueden ser medidos o “contados” numéricamente para luego desarrollar registros escritos de predictibilidad que nosotros llamamos calendarios. Así, por ejemplo, concluyeron que cuando el sol regresa al mismo lugar en la bóveda celeste después de su movimiento aparente respecto de un mismo observador ha transcurrido lo que denominamos un año trópico. (365 días app.)

Los mayas no tenían un único calendario. El primero de ellos que se conoce era un calendario ritual consistente en un ciclo de 260 días llamado Tzol kin, probablemente, asociado al movimiento del planeta Venus; el segundo, era denominado Haab y comprendía el ciclo anual de 365 días conocido por nosotros. Ambos ciclos calendáricos podrían ser graficados como dos circunferencias acopladas entre sí por engranajes como los del “motor” de una bicicleta. Aunque ambas ruedas calendáricas giren eternamente, al cabo de cierto tiempo una posición de la cuenta de 260 días se repetirá en determinada posición de la cuenta de 365 días; este ciclo se completa al cabo de 18.980 días, esto es, cada 52 años, dato que no es irrelevante, porque en las crónicas españolas se registra la antigua costumbre difundida en Mesoamérica en orden a celebrar el término de este ciclo de 52 años del cual estaban perfectamente consientes los herederos mayas. Sin embargo, a la fecha, no existe evidencia científica para considerar que este ciclo coincida con algún fenómeno celeste relevante.

Sin embargo, el sistema calendárico maya se completa con el registro de la denominada Cuenta Larga, esto es, el número de días transcurridos a partir de un punto fijo en el pasado remoto que fue determinado por los propios mayas. Esta cuenta también conforma un ciclo, esta vez, de poco más de 5.000 años, al término de los cuales, la cuenta vuelve a cero y comienza un nuevo ciclo similar. Aunque ha sido un asunto largamente controvertido entre los mayistas la correlación más aceptada entre el calendario de la Cuenta Larga y el Cristiano o Gregoriano es la llamada correlación Goodman-Martínez-Thompson (GMT) que ubica el punto de partida más reciente de la Cuenta Larga maya en el 12 de agosto de 3.114 a.c., fecha en la que tampoco los astrónomos han detectado que hubiera ocurrido algún fenómeno celeste relevante. Conforme a lo anterior, el ciclo iniciado el año 3.114 a.c. terminaría el 21 de diciembre de 2012 (8 de diciembre, según el cálculo de Anthony Aveni), momento en que la Cuenta Larga volvería a quedar en cero para iniciar un nuevo ciclo de otros 5.000 años. A partir de esta información se construye la especulación del fin del mundo.

¿Qué podemos concluir de todo esto?

En primer lugar, que no constituye ningún misterio el que la Cuenta Larga maya tenga un final. Sin embargo, esto sólo significa que dicha cuenta vuelve a cero para iniciarse otro nuevo ciclo de 5.000 años. Por lo tanto, jamás los mayas profetizaron el fin del mundo o algo parecido.

Ahora bien, para entender cabalmente el significado de todo esto, debemos tener presente que los mayas tenían una comprensión cíclica de la historia, a partir de la visión astronómica y astrológica en la que ellos mismos se insertaban.

Nuestra visión de la historia, en cambio, está muy vinculada a las concepciones judeo-cristianas, conforme a las cuales, la raza humana tiene un punto de inicio (la creación) y un punto de término (el apocalipsis) por causa del pecado original. En este contexto se entiende, perfectamente, que la idea del fin del mundo sea recurrente y popular en la cultura occidental y que se pueda caer con facilidad en la tentación de hacer interpretaciones interesadas.

Así las cosas, y, reconociendo desde ya que la correlación de nuestro calendario gregoriano con el de la Cuenta Larga maya puede tener diferencias no menores, no tengo duda alguna que el 21 de diciembre de 2012 será, en lo inmediato, un día como cualquier otro.

Si bien es cierto, la astronomía ocupó un lugar esencial en la vida de los antiguos mayas, fue la astrología, esto es, la interpretación del movimiento de los astros, lo que permite entender a cabalidad el universo cultural maya. En tal entendido, no podría considerarse, necesariamente, que los registros que han llegado a nuestros días, a partir de los cuales conocemos de los mayas, guarden estricta relación con los fenómenos astronómicos observados por ellos. En otras palabras, a través de la astrología los mayas a veces se permitieron ciertas “licencias” para explicar “a su modo” lo que observaron en la bóveda celeste. Sin embargo, en sus “interpretaciones astrológicas” parece que siempre hubo un sustrato más científico que estuvo marcado por la detallada observación y registro de los fenómenos celestes.

Si esto es así, no parece razonable pensar que los mayas se hubiesen tomado la molestia de confeccionar uno de sus calendarios – el de la Cuenta Larga – desapegado totalmente de los fenómenos celestes observados.

Entonces, la pregunta que sí me parece interesante consiste en plantearnos qué quisieron significar los antiguos mayas con este ciclo calendárico de poco más de 5.000 años que, presumiblemente, concluye en diciembre de 2012.

Al respecto no existe evidencia científica ni arqueológica y quizás nunca sabremos el origen y los alcances de la Cuenta Larga, cuenta que, por lo demás, ya habían abandonado los mayas a la llegada de los españoles a América, descubriéndose su existencia mucho tiempo después, cuando fueron descifrados los registros en piedra que nos legaron (estelas mayas) y los escasos registros escritos (códices) que sobrevivieron al “afán civilizador” de los españoles.

Aunque se trata, por ahora, de una simple especulación, me parece que una posible interpretación de la Cuenta Larga maya pueda tener relación con el cómputo de otro ciclo cósmico. Esta vez, el del movimiento que el sol junto a nuestro sistema solar realizan en torno a la galaxia en la que vivimos: la vía láctea. Esta idea no es nueva. De hecho, se han diseñado algunos modelos, todavía no confirmados científicamente, conforme a los cuales se estima que una vuelta completa de nuestro sistema solar a la galaxia podría tardar entre 22.000 y 25.000 años. Esto podría explicar la existencia de 4 ciclos de poco más de 5.000 años, cada uno de ellos, que vendrían a conformar una especie de estaciones cósmicas: verano, otoño, invierno, primavera.

En general, todos los ciclos cósmicos que implican un movimiento están asociados a cambios físicos constatables en nuestro planeta. La rotación de la tierra produce el día y la noche; la traslación en torno el sol, genera los cambios estacionales del clima. ¿Y si es cierto que la tierra y el sistema solar en el que ella está inserta realizan un movimiento en torno a la galaxia, qué cambios estacionales podrían afectar a nuestro planeta? ¿Qué estación cósmica estaríamos próximos a iniciar? ¿Estará determinado el calentamiento global de la tierra más que por la acción del hombre por una mayor actividad del sol, estimulada por las fuerzas físicas del centro de la galaxia, ad portas de un nuevo ciclo más seco; ad portas de una nueva primavera cósmica, por ejemplo?

Como puede advertirse, la cultura heredada de los antiguos mayas constituye una puerta al mundo del conocimiento astronómico. Es un hecho que aún quedan miles de hallazgos por realizar respecto de una civilización que honra al continente americano y que ojalá todos pudiéramos conocer en su real magnitud.

En lo personal e inmediato, tengo pendiente un viaje a la ciudadela maya de Tikal, en el corazón de la selva de Guatemala, pero mi esposa aún no termina por convencerse que los mosquitos, el calor tropical y la delincuencia que abundan en ese lugar mágico, puedan ser de algún interés para ella.